Iren ha pasado de ser una empresa dedicada a la minería de Bitcoin, y cercana a la insolvencia tras el desplome del mercado cripto, a alcanzar una capitalización bursátil de unos 17.000 millones de dólares gracias a su apuesta por la infraestructura para inteligencia artificial.
La compañía, que nació en 2018 bajo el nombre de Iris Energy, llegó a estar bajo una fuerte presión financiera. Su auditor incluso puso en duda su viabilidad y la empresa tuvo problemas con préstamos vinculados a sus equipos de minería. La reconversión hacia los servicios de computación para IA ha cambiado por completo su posición en el mercado.
De la minería de Bitcoin a la nube para IA
Iren forma parte ahora del grupo de empresas neocloud que buscan competir con las grandes tecnológicas en el suministro de infraestructura para inteligencia artificial. En ese segmento también operan compañías como Nebius, Nscale y CoreWeave. Entre los clientes de Iren figuran Microsoft, Perplexity y Nvidia.
El crecimiento bursátil refleja la magnitud del giro. La capitalización de Iren pasó de unos 60 millones de dólares a finales de 2022 a alrededor de 17.000 millones en la actualidad. En el mismo periodo, la acción avanzó desde cerca de 1 dólar hasta marcar un máximo de 76 dólares.
La empresa intenta aprovechar la demanda de potencia de cálculo necesaria para entrenar y ejecutar modelos de IA. Daniel Roberts, cofundador y consejero delegado de Iren, considera que esta expansión puede diferenciarse de otros ciclos de inversión en centros de datos.
En declaraciones al Financial Times, Roberts sostuvo que la oferta de capacidad quizá nunca llegue a cubrir por completo la demanda. Su argumento es que los avances tecnológicos no reducen necesariamente el consumo de computación. Los modelos más rápidos, los agentes de IA y la necesidad de menores tiempos de respuesta pueden llevar a los usuarios a utilizar todavía más capacidad.
Una estrategia con más control y más deuda
Uno de los elementos que distinguen a Iren es su control sobre buena parte de la cadena. La empresa dispone de terrenos, edificios, chips y una capa de software propia o bajo su gestión. Esa integración le permite, en principio, estar más expuesta al aumento del precio de la capacidad de cálculo.
El modelo también exige grandes cantidades de capital. En los últimos doce meses, Iren captó unos 19.000 millones de dólares mediante bonos convertibles, deuda respaldada por chips, pagos anticipados de clientes y ampliaciones de capital. Al mismo tiempo, el número de acciones ha aumentado de forma significativa desde su salida a bolsa.
Ahí se concentra una parte importante del riesgo de la estrategia. Si la demanda de computación para IA continúa creciendo con fuerza, la compañía puede beneficiarse de su capacidad instalada. Pero si la oferta aumenta más rápido de lo previsto, las empresas del sector podrían quedar con una deuda elevada y con chips cuya obsolescencia se acelera.
El papel de Nvidia en el crecimiento de Iren
Nvidia ocupa una posición central en la expansión de Iren. La compañía de chips es a la vez proveedor, cliente y potencial accionista. En mayo firmó un contrato a cinco años valorado en 3.400 millones de dólares para alquilar capacidad de computación a Iren.
El acuerdo incluye además derechos para comprar hasta 2.100 millones de dólares en acciones de Iren, en función de la cantidad de chips que la empresa adquiera. Algunos críticos describen este tipo de estructuras como una forma de financiación circular, porque vinculan estrechamente al proveedor de hardware con sus clientes y con el capital necesario para ampliar los centros de datos.
Roberts defiende una interpretación distinta. A su juicio, Nvidia está utilizando su balance para ayudar a eliminar los cuellos de botella que limitan el desarrollo del ecosistema de inteligencia artificial. La evolución de Iren dependerá ahora de si ese desequilibrio entre demanda y oferta se mantiene y de cómo gestione el coste financiero de su rápida expansión.











