Christine Lagarde ha advertido de que la dependencia europea de empresas extranjeras de inteligencia artificial podría convertirse en un riesgo para la estabilidad financiera. La presidenta del Banco Central Europeo (BCE) reclama que Europa desarrolle sus propios modelos y participe también en la infraestructura que permite operar a esta tecnología.
La advertencia se produjo durante una reunión de la Junta Europea de Riesgo Sistémico celebrada en Fráncfort. Lagarde sostuvo que las tecnologías esenciales para el sistema financiero europeo no deberían quedar supeditadas a decisiones tomadas fuera de Europa que pudieran interrumpir su acceso.
Una dependencia que va más allá de la competencia tecnológica
El diagnóstico del BCE parte de una brecha considerable entre Europa y Estados Unidos en el desarrollo de la inteligencia artificial. Buena parte de los principales modelos y de la infraestructura que los sostiene está actualmente en manos de grandes compañías tecnológicas estadounidenses.
Para Lagarde, la respuesta no consiste únicamente en crear modelos europeos. Europa también debe adquirir un papel relevante en toda la cadena de suministro asociada a la IA y convertirse en una pieza indispensable de ese ecosistema. El objetivo, según su planteamiento, es reducir la exposición a proveedores cuyo acceso pueda quedar condicionado por decisiones adoptadas fuera del continente.
La cuestión adquiere una dimensión especialmente sensible cuando estas herramientas pasan a integrarse en actividades financieras. La inteligencia artificial puede utilizarse para ajustar estrategias de negociación o para identificar vulnerabilidades en los sistemas bancarios y de mercado. Su expansión en estas áreas aumentaría la importancia de garantizar que las entidades puedan seguir accediendo a los sistemas de los que dependen.
El riesgo de concentrar la banca en pocos modelos
La presidenta del BCE también alertó de un escenario en el que bancos y otras entidades financieras utilicen un número reducido de modelos de IA. La concentración tecnológica podría amplificar las consecuencias de un fallo o de una interrupción del servicio: un mismo problema afectaría de forma simultánea a numerosas instituciones.
El riesgo no se limita a la caída de una aplicación concreta. Si varias entidades emplean sistemas similares para tomar decisiones, operar en los mercados o supervisar sus infraestructuras, un error común podría propagarse por distintos puntos del sistema financiero. La pérdida de acceso a esos modelos tendría un efecto comparable desde el punto de vista de la dependencia, aunque su origen fuera una decisión externa y no una avería.
Lagarde recordó en este contexto el fallo informático mundial del verano de 2024. Una actualización de software defectuosa alteró, entre otros servicios, los vuelos y las operaciones bancarias. Para la presidenta del BCE, aquel episodio mostró las consecuencias que puede generar la dependencia simultánea de un grupo reducido de proveedores tecnológicos.
La advertencia no presenta una previsión concreta sobre un incidente futuro, sino un riesgo asociado a la creciente presencia de la inteligencia artificial en la banca y los mercados financieros. Si esa dependencia aumenta sin una base tecnológica propia y diversificada, sostiene Lagarde, podría terminar afectando a la estabilidad financiera europea.
El mensaje del BCE sitúa así el desarrollo de la IA dentro del debate sobre la autonomía tecnológica y la gestión del riesgo sistémico. Para Europa, la cuestión ya no sería solo competir en un sector estratégico, sino evitar que infraestructuras esenciales para sus finanzas queden bajo el control de actores sobre los que no tiene capacidad de decisión.











