La expansión de la inversión vinculada a la inteligencia artificial (IA) está reduciendo las opciones de diversificación en los mercados, según Gabriela Santos, estratega jefe para las Américas de J.P. Morgan Asset Management. El efecto ya no se limita a las acciones tecnológicas: también alcanza a los bonos, los mercados privados y el sector inmobiliario, debido al capital que se dirige a centros de datos, chips, infraestructuras energéticas y servicios en la nube.
La consecuencia, sostiene Santos, es que construir una cartera equilibrada resulta cada vez más complejo. Activos que antes respondían de forma distinta a los cambios del mercado pueden quedar expuestos al mismo ciclo de inversión, financiación y expectativas asociado a la IA.
La concentración en torno a un mismo tema
El comportamiento del mercado durante el verano pasado mostró, a juicio de la estratega, la vulnerabilidad de los inversores ante una única gran narrativa. Cuando el impulso se debilitó, las acciones relacionadas con la IA fueron las que sufrieron las mayores caídas.
Santos no interpreta ese episodio como una señal de que la tesis de largo plazo sobre la inteligencia artificial sea débil. Su advertencia se centra en la composición de las carteras. Incluso un inversor muy optimista sobre el desarrollo de esta tecnología debe evaluar qué peso asigna a cada posición, cuánto apalancamiento utiliza y cuánta diversificación efectiva conserva cuando una parte creciente de sus inversiones depende del mismo motor.
Además, el despliegue de la IA no evoluciona de manera uniforme. Fabricantes de chips, grandes proveedores de servicios en la nube y compañías de software ya no se comportan como un bloque homogéneo. Dentro de cada segmento, las diferencias entre empresas favorecidas por el ciclo y aquellas que quedan rezagadas son cada vez más amplias.
Menos activos capaces de actuar como refugio
J.P. Morgan ha desarrollado una cesta factorial propia de IA para analizar cuántos activos se mueven en línea con la apuesta general por esta tecnología. La conclusión que expone Santos es que la diversificación real se ha vuelto más limitada.
Según su análisis, los bonos del Tesoro de Estados Unidos, el oro, determinados activos inmobiliarios de perfil defensivo y las acciones europeas todavía pueden ofrecer cierta protección frente a una cartera muy concentrada en IA. Sin embargo, ni siquiera la deuda pública desempeña siempre el mismo papel defensivo que en el pasado.
Después de la crisis financiera, los bonos soberanos funcionaron durante años como un amortiguador relativamente automático. Cuando las acciones caían por el temor a un menor crecimiento, los tipos de interés solían bajar y los precios de los bonos subir. Esa relación se ha debilitado por los episodios de inflación, los problemas energéticos, los déficits presupuestarios y la elevada demanda de capital.
En ese entorno, acciones y bonos pueden verse presionados al mismo tiempo. La situación se ha repetido con mayor frecuencia en los últimos años, lo que reduce la capacidad de una cartera tradicional para compensar las pérdidas de uno de sus grandes bloques con el comportamiento del otro.
La competencia por el capital cambia el equilibrio
El ciclo de inversión en IA contribuye a esta transformación. Los grandes proveedores de servicios en la nube están destinando sumas muy elevadas a infraestructura física, mientras los gobiernos necesitan financiar déficits también elevados. Empresas y Estados compiten así por el capital, y los mercados mantienen una sensibilidad alta a los tipos de interés.
Para Santos, este escenario implica que una cartera basada únicamente en la combinación tradicional de un 60% de acciones y un 40% de bonos ofrece menos protección que antes. En su análisis aparecen, además de la renta fija, activos que puedan resistir mejor un entorno inflacionario, entre ellos el oro, Bitcoin (BTC) u otras inversiones cuya evolución no dependa por completo de una caída de los tipos.









