El yen japonés ha alcanzado su nivel más alto desde febrero y ha superado incluso la cotización registrada durante la intervención récord de Tokio del mes pasado. El movimiento alivia la presión sobre los hogares japoneses, pero aumenta el riesgo de ventas en bolsas, bonos y criptomonedas si los inversores se ven obligados a deshacer operaciones financiadas con deuda en yenes.
Japón gastó 15,4 billones de yenes para sostener su moneda
Los datos publicados el lunes muestran el coste de la intervención. Japón destinó 15,4 billones de yenes durante el mes cerrado el 26 de agosto a comprar su propia moneda, una cantidad equivalente a unos 98.600 millones de dólares al cambio y el mayor desembolso mensual registrado.
En paralelo, el valor de los activos extranjeros incluidos en las reservas japonesas cayó en 87.800 millones de dólares en agosto, según el Ministerio de Finanzas. La cifra es prácticamente la misma que la cantidad utilizada para adquirir yenes. Los operadores calculan que cerca del 70% de esas reservas está invertido en bonos del Tesoro estadounidense.
Japón posee alrededor de 1,13 billones de dólares en deuda pública de Estados Unidos y es su mayor tenedor extranjero. Una venta relevante de esos bonos presiona al alza sus rentabilidades, que se mueven en sentido inverso a los precios. El efecto no se limita al mercado de deuda: los tipos del Tesoro sirven de referencia para hipotecas, préstamos empresariales, acciones y criptoactivos.
La rentabilidad del bono estadounidense a 30 años ya supera el 5%, cerca de su nivel más alto desde 2007. Unos tipos más elevados encarecen la financiación a escala global y reducen el atractivo de los activos considerados más arriesgados.
El mercado empieza a descontar una subida del BoJ
El yen se debilitó durante años porque Japón mantuvo los tipos de interés en cero o por debajo de cero, mientras Estados Unidos elevaba los suyos. Ese diferencial incentivó a los inversores a endeudarse en yenes para comprar activos denominados en dólares. En julio, la moneda llegó a situarse en torno a 164 yenes por dólar, su nivel más bajo en cuatro décadas.
La depreciación encareció para Japón la energía y los alimentos importados, productos que se pagan principalmente en dólares. Un yen más fuerte reduce ahora esa factura y ofrece cierto alivio a los hogares. La inflación subyacente, sin embargo, todavía subió hasta el 1,8% en julio.
La apreciación también tiene costes. Los exportadores reciben menos ingresos al convertir sus ventas exteriores y el aumento de los tipos encarece el servicio de la deuda pública japonesa, la mayor entre los países ricos. La rentabilidad del bono japonés a diez años alcanzó recientemente el 3%, su nivel más alto desde 1996.
El Banco de Japón celebrará su próxima reunión los días 17 y 18 de septiembre. Los mercados descuentan una subida de 25 puntos básicos, hasta el 1,25%, lo que situaría el precio oficial del dinero en su nivel más alto desde 2008. A comienzos de septiembre, el gobernador Kazuo Ueda señaló que estaban aumentando los riesgos inflacionistas.
El riesgo de deshacer operaciones financiadas en yenes
La expectativa de unos tipos más altos parece estar impulsando al yen con más fuerza que la intervención oficial. La divisa subió un 2,7% la semana pasada y avanzó otro 1,1% el lunes, hasta superar la barrera de 155 yenes por dólar y situarse en 154,56.
El mecanismo afecta directamente a las operaciones conocidas como carry trade. Fondos de cobertura y otros grandes inversores piden prestado en yenes, convierten ese dinero en dólares y compran acciones, bonos o Bitcoin (BTC). Cuando el yen se fortalece, devolver el préstamo resulta más caro en dólares, aunque la inversión adquirida haya subido.
Un préstamo de 16,4 millones de yenes, que en julio equivalía a 100.000 dólares, exige ahora más de 106.000 dólares para ser cancelado. Esa pérdida cambiaria obliga a algunos inversores a vender activos y conseguir liquidez. En agosto de 2024, un episodio similar de apreciación repentina del yen coincidió con fuertes descensos en bolsas y criptomonedas a escala mundial.
La decisión del Banco de Japón del 18 de septiembre será, por tanto, determinante para el mercado. Si no eleva los tipos, Tokio podría sufrir un revés en su estrategia y verse obligado a recurrir de nuevo a sus reservas, según la interpretación recogida por los operadores.










