China reúne hoy varias de las condiciones que favorecieron a Estados Unidos hace unos quince años: capital relativamente barato, costes laborales contenidos, electricidad asequible y una moneda que Louis-Vincent Gave, responsable de Gavekal Research, considera infravalorada. La diferencia principal está en el papel del Estado y en la previsibilidad de sus decisiones, un factor que, según este analista, limita la capacidad de Pekín para convertir esas ventajas en un crecimiento más intenso.
Capital y trabajo, las principales ventajas de China
La comparación de Gave parte de cuatro costes que determinan la posición competitiva de una economía: capital, trabajo, energía y Estado. China sale especialmente favorecida en los dos primeros. De acuerdo con sus cálculos, financiar una inversión resulta entre 350 y 400 puntos básicos más caro en Estados Unidos que en China.
El país asiático también mantiene una ventaja en costes laborales. Gave sostiene que China continúa figurando entre las economías con una mano de obra relativamente barata, algo que permite a sus empresas producir a menor coste y ayuda a explicar el amplio superávit comercial del país.
La energía ofrece una imagen más equilibrada. Las compañías chinas se benefician de precios de la electricidad relativamente bajos, mientras que Estados Unidos ha logrado acceder a gas natural y a otras fuentes de energía más baratas gracias al desarrollo de la industria del petróleo y el gas de esquisto. Por eso, la diferencia entre ambos países es limitada, aunque Gave sigue otorgando una ligera ventaja a China.
La situación recuerda, en su opinión, a la de Estados Unidos hace aproximadamente quince años. Entonces, sostiene el analista, el país norteamericano contaba con la energía, el capital y una mano de obra relativamente baratos, además de un dólar infravalorado. A su juicio, China dispone ahora de una combinación parecida.
La incertidumbre regulatoria pesa sobre Pekín
El punto débil de China aparece al analizar el cuarto coste: el Estado. No se trata únicamente de la presión fiscal, sino también de la regulación, la intervención pública y la previsibilidad de las políticas. Gave considera que Pekín obtiene una valoración peor que Washington en este terreno.
El analista recuerda la intervención estatal en el mercado bursátil chino durante 2015 y los cambios que afectaron posteriormente a los promotores inmobiliarios, después de que se exigiera a los bancos limitar la financiación al sector. En su lectura, estos episodios han dificultado que las empresas y los inversores puedan anticipar el marco en el que operarán.
Estados Unidos tampoco está exento de incertidumbre. Gave cita las dudas sobre la política comercial y las actuaciones geopolíticas durante el segundo mandato de Donald Trump, con referencias a Groenlandia, Venezuela e Irán. También menciona la inestabilidad interna como un elemento capaz de deteriorar el clima empresarial.
El responsable de Gavekal no espera un cambio próximo en la situación china ni una mejora estructural de la relación entre Pekín y Washington. Además, considera que al Gobierno chino le resulta difícil poner en marcha medidas capaces de impulsar de forma sostenida el consumo de los hogares.
La inteligencia artificial introduce una nueva incógnita
La inteligencia artificial puede alterar este equilibrio, especialmente en Estados Unidos. La Bolsa estadounidense se benefició durante años de energía y capital baratos, así como de costes laborales atractivos. Según Gave, buena parte de esas condiciones ya no está presente, por lo que la continuidad de las subidas bursátiles depende cada vez más del crecimiento de los beneficios empresariales.
El escenario es relevante porque, según la fuente citada, el S&P 500 cotiza en niveles de valoración históricamente elevados. Al mismo tiempo, las empresas estadounidenses mantienen un crecimiento de beneficios de doble dígito y, en el momento del análisis, el índice se encontraba aproximadamente un 1% por debajo de su máximo histórico.
Gave plantea una paradoja. Si la IA ofrece menos ganancias de productividad de las esperadas, los elevados costes laborales seguirán presionando a las compañías estadounidenses. Si, por el contrario, la tecnología tiene un gran éxito, las inversiones en centros de datos y chips pueden elevar la demanda de electricidad y capital, con el consiguiente riesgo de aumento de los precios energéticos y de los costes de financiación.
En ambos casos podría aparecer una nueva incertidumbre política. La IA, por tanto, no solo determinará cuánto pueden crecer los beneficios de las empresas estadounidenses, sino también si las ventajas de costes que sostuvieron su posición competitiva pueden recuperarse o quedarán definitivamente atrás.











