Los rendimientos de la deuda pública están subiendo con fuerza en las principales economías. En Estados Unidos, la rentabilidad del bono del Tesoro a diez años ha alcanzado su nivel más alto desde 2007, mientras los costes de financiación también aumentan en Japón, Francia y otros grandes mercados. El movimiento responde a una combinación de crecimiento resistente, inflación, mayor endeudamiento público y una competencia creciente por el capital disponible.
Inflación, tipos y materias primas presionan a los bonos
La fortaleza de la economía mundial es uno de los primeros factores. Los inversores suelen buscar refugio en la deuda pública cuando la actividad se debilita, pero los últimos datos apuntan a que la economía estadounidense mantiene el pulso y que el crecimiento global resiste mejor de lo previsto. En varias grandes economías, los indicadores de actividad apuntan incluso a sus mejores registros en años.
Ese dinamismo eleva el riesgo de que la inflación permanezca en niveles altos durante más tiempo. También reduce el atractivo relativo de los bonos frente a la renta variable, al menos para parte de los inversores. Si los bancos centrales necesitan mantener los tipos elevados, o incluso subirlos, los títulos emitidos anteriormente con cupones más bajos pierden valor. Como consecuencia, sus precios caen y sus rendimientos aumentan.
El encarecimiento de la energía añade presión. Según la fuente, la guerra entre Estados Unidos e Irán ha afectado al suministro mundial y el petróleo Brent llegó a superar los 126 dólares por barril. El impacto se extiende a la gasolina, el diésel, el transporte y otros bienes, incluidos los alimentos. Una inflación más persistente suele llevar a los inversores a exigir una rentabilidad superior en los bonos de vencimiento largo.
La Reserva Federal subió los tipos en septiembre y ha señalado que podrían ser necesarias nuevas subidas para contener los precios. Australia y Japón también han elevado sus tipos, mientras el mercado contempla posibles incrementos en Europa, Reino Unido y Canadá. Esta perspectiva reduce la demanda de deuda con rentabilidades inferiores.
Gobiernos y empresas compiten por financiación
La carrera por la inteligencia artificial está añadiendo una fuente extraordinaria de demanda de capital. Las compañías tecnológicas han emitido más de 400.000 millones de dólares en bonos durante este año para financiar chips, centros de datos y otras infraestructuras relacionadas con la IA. Estas empresas compiten por los mismos inversores que compran deuda pública. Cuanto mayor es el volumen de emisiones, más atractivo debe ser el rendimiento para captar compradores.
Los gobiernos afrontan una presión similar. La deuda pública de Estados Unidos ya supera los 40 billones de dólares y los países de la OCDE prevén captar conjuntamente unos 18 billones mediante emisiones durante este año. Una oferta tan amplia puede obligar a elevar la rentabilidad ofrecida para absorber las nuevas colocaciones.
El gasto en defensa amplía las necesidades de financiación. La guerra en Ucrania, el conflicto con Irán y el rearme en distintas regiones han impulsado los presupuestos militares. El gasto estadounidense en defensa superó por primera vez el billón de dólares en el ejercicio fiscal de 2026, mientras Europa y Asia también incrementan sus desembolsos. Cuando estas partidas se cubren con deuda, aumenta el volumen de bonos en circulación.
Menos compradores tradicionales y más incertidumbre
Japón puede estar contribuyendo además a la presión vendedora sobre la deuda estadounidense. Sus reservas de valores extranjeros disminuyeron en agosto en 87.800 millones de dólares, el mayor descenso registrado. Es posible que entre los activos vendidos hubiera bonos del Tesoro para respaldar el yen. Al mismo tiempo, el aumento de los tipos japoneses resta atractivo a la estrategia de financiarse barato en yenes para invertir en activos extranjeros, lo que podría llevar a algunos inversores a reducir sus posiciones.
La política comercial de Donald Trump introduce otro riesgo inflacionista. Unos aranceles más elevados pueden encarecer los productos importados en Estados Unidos y retrasar las bajadas de tipos, o incluso provocar nuevos incrementos si la inflación persiste. La incertidumbre geopolítica también puede elevar la prima que los inversores exigen por mantener deuda a largo plazo.
La composición de la demanda ha cambiado. La Reserva Federal y los bancos centrales extranjeros poseen una proporción menor de los bonos del Tesoro estadounidense que hace unos años. En su lugar ganan peso los inversores privados, incluidos los fondos de inversión libre, más sensibles al precio y a la rentabilidad.
Por último, el ahorro mundial ya no ofrece el mismo colchón que durante los años de abundancia de liquidez. Según Oxford Economics, ese periodo ha quedado en gran medida atrás. Con gobiernos y empresas buscando fondos para deuda, defensa, transición energética e infraestructuras de IA, la competencia por el capital disponible se intensifica. En ese entorno, los inversores cuentan con más alternativas y pueden exigir mayores rendimientos antes de prestar su dinero.











