La inflación de Estados Unidos muestra señales de estar extendiéndose más allá del encarecimiento del petróleo y la gasolina. El índice PCE subyacente, la referencia preferida por la Reserva Federal para medir la evolución de los precios, se mantuvo alrededor del 3,3% durante el verano, muy por encima del objetivo del 2% del banco central.
El dato refuerza la advertencia del analista macroeconómico Jim Bianco, que ha descrito este escenario como «Trumpflation». El término alude a una presión inflacionista relacionada con los aranceles comerciales impulsados por Donald Trump y con las consecuencias económicas de la guerra con Irán.
La inflación subyacente resiste pese a los movimientos del petróleo
En los últimos meses, buena parte de la atención se ha concentrado en la energía. La guerra con Irán y la interrupción del tráfico habitual en el estrecho de Ormuz han reducido la navegación por esa vía y han elevado los costes energéticos y de transporte. El encarecimiento del combustible repercute directamente en el traslado de mercancías y puede acabar afectando a una amplia variedad de productos.
Además, las empresas pueden trasladar a los consumidores el aumento de los costes asociados a las importaciones. De este modo, un shock inicialmente vinculado al petróleo puede filtrarse progresivamente al resto de la economía.
Sin embargo, el comportamiento del PCE subyacente apunta a que la presión de fondo no depende únicamente de la energía. Este indicador excluye precisamente los componentes más volátiles, como el petróleo, y se mantuvo entre abril y julio en torno al 3,3%. En mayo llegó temporalmente al 3,5%.
La persistencia de la inflación llevó a la Reserva Federal a elevar en septiembre los tipos de interés en 25 puntos básicos, hasta un rango situado entre el 3,75% y el 4%. El banco central señaló entonces que la inflación continuaba siendo demasiado elevada.
El riesgo para las acciones tecnológicas y de inteligencia artificial
El escenario también plantea dificultades para los activos con valoraciones más exigentes. El avance de Wall Street durante los últimos años se ha apoyado en buena medida en las compañías tecnológicas y vinculadas a la inteligencia artificial, cuyos precios reflejan expectativas elevadas sobre sus beneficios futuros.
Estas valoraciones resultan más fáciles de sostener cuando los inversores esperan una reducción de los tipos de interés. Si la inflación permanece cerca del 3% o por encima, la Reserva Federal podría mantener el precio del dinero en niveles elevados durante más tiempo o incluso endurecer de nuevo su política monetaria.
Unos tipos más altos reducen el valor actual de los beneficios que las empresas generarán en el futuro. El efecto suele ser especialmente relevante para las acciones de crecimiento con múltiplos elevados, precisamente el segmento que más depende de unas expectativas favorables sobre la evolución de los tipos.
La clave ya no está solo en el crudo
Una eventual caída del petróleo seguiría ayudando a moderar la inflación general y aliviaría los costes energéticos. Pero no garantizaría por sí sola una rápida vuelta de la inflación al objetivo de la Reserva Federal.
La cuestión central para los mercados será comprobar si la inflación subyacente empieza a ceder cuando disminuya la presión sobre el crudo. Si no lo hace, los inversores podrían revisar de nuevo sus expectativas sobre futuros recortes de tipos. En ese caso, el debate dejaría de centrarse únicamente en la evolución del petróleo y pasaría a girar alrededor de la capacidad de la economía estadounidense para absorber los aranceles, los costes de transporte y el impacto de la guerra sin generar una presión inflacionista más amplia.












