La economía mundial mantiene el crecimiento pese a la acumulación de riesgos que suele preceder a una ralentización: guerras, tensiones comerciales, energía cara y tipos de interés elevados. Los datos recientes de Estados Unidos y la eurozona siguen mostrando una actividad empresarial expansiva, mientras las grandes tecnológicas aceleran sus inversiones en inteligencia artificial (IA).
Esta combinación ayuda a explicar por qué la actividad no ha sufrido hasta ahora una caída pronunciada. Sin embargo, también abre una incógnita para los mercados: si el gasto en infraestructuras y sistemas de IA será capaz de generar ingresos suficientes para compensar el volumen de capital comprometido.
Los indicadores mantienen el pulso de la actividad
La economía global lleva varios años enfrentándose a factores adversos. Los bancos centrales elevaron con fuerza los tipos de interés para contener la inflación, mientras las tensiones geopolíticas y los aranceles han aumentado los costes y la incertidumbre para las empresas.
Pese a ese entorno, los índices de gestores de compras, conocidos como PMI, continúan apuntando a un crecimiento tanto en la eurozona como en Estados Unidos. Estos indicadores permiten seguir la evolución de la actividad en la industria y los servicios, y sus últimas señales no reflejan un retroceso generalizado.
La economía estadounidense conserva especialmente su capacidad de resistencia frente a los tipos elevados y la incertidumbre vinculada al comercio mundial. Los beneficios empresariales también contribuyen a sostener el ciclo. Mientras las compañías mantengan sus ganancias, pueden seguir invirtiendo, contratando y pagando salarios. Ese flujo ayuda a mantener el consumo, uno de los principales motores de la economía.
El resultado es una situación poco habitual: coinciden varios elementos que suelen dificultar la actividad, pero todavía no se observa una contracción amplia.
La carrera por la IA impulsa la inversión
Una de las claves de esta resistencia se encuentra en la oleada de inversión relacionada con la inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas están destinando cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, chips y otras infraestructuras necesarias para desarrollar y operar sistemas de IA.
Según las estimaciones de Goldman Sachs, Amazon, Microsoft, Alphabet, Meta y Oracle podrían invertir conjuntamente alrededor de 1,2 billones de dólares el próximo año. Para este año, la previsión sitúa el desembolso en unos 800.000 millones de dólares.
El impacto no se limita a las compañías tecnológicas. Parte de ese capital llega a fabricantes de chips, empresas constructoras, proveedores de energía y fabricantes de equipos para centros de datos. La carrera por la IA extiende así sus efectos a distintos segmentos de la economía y sostiene la actividad más allá del sector tecnológico.
El volumen del gasto, no obstante, empieza a plantear dudas sobre su rentabilidad. Goldman Sachs calcula que serán necesarios unos 300.000 millones de dólares anuales en ingresos adicionales procedentes de la IA para justificar estas inversiones. La cuestión ya no es únicamente quién desarrolla los modelos más avanzados, sino quién consigue convertirlos en un negocio a gran escala.
El retorno de las inversiones aún está por demostrar
Las empresas tienen varias vías para intentar recuperar el capital invertido: vender suscripciones, reducir costes o lanzar productos capaces de generar nuevas fuentes de ingresos. Esa presión comercial crecerá a medida que aumente el gasto en infraestructuras.
Para los mercados financieros, el escenario combina crecimiento e incertidumbre. La inversión en IA impulsa la economía en el corto plazo, pero sus beneficios definitivos solo podrán evaluarse cuando se conozcan los ingresos que genera. Esto no implica que una caída de la actividad sea inminente, aunque sí revela una dependencia creciente de inversiones cuyos retornos pertenecen todavía al futuro.
Por ello, la evolución de los beneficios empresariales, los tipos de interés y la capacidad de la IA para generar ingresos serán factores decisivos para determinar si esta oleada inversora puede mantenerse.











