Donald Trump reconoce que la guerra con Irán ha perjudicado a su partido en las elecciones legislativas de mitad de mandato. El presidente había prometido cerrar el conflicto después de los comicios, pero ahora afronta una decisión con costes elevados en cualquiera de sus escenarios: reanudar los ataques, aceptar un acuerdo con Teherán o mantener la presión económica y militar hasta forzar un cambio.
La derrota ha abierto una disputa dentro de la Administración estadounidense sobre cómo poner fin a la guerra. El vicepresidente JD Vance atribuyó el resultado electoral directamente al conflicto en un mensaje publicado en X. “Hemos perdido por la guerra”, afirmó, antes de advertir de que cualquier análisis honesto sobre el futuro debía partir de esa conclusión.
Trump consideró que el diagnóstico de Vance era “cierto en gran medida”, sobre todo porque la guerra ha encarecido la gasolina. Al mismo tiempo, rechazó que el conflicto fuera un error. “No teníamos otra opción. No podemos permitir que Irán tenga un arma nuclear”, sostuvo.
Tres opciones, todas con un coste político
La primera alternativa pasa por volver a atacar. Funcionarios estadounidenses aseguran que el Ejército se prepara para una posible intervención a gran escala y que está trasladando más material militar a Oriente Próximo. El movimiento contrasta con las declaraciones de Trump a principios de semana, cuando aseguró que no tenía “planes inmediatos” para lanzar una ofensiva.
Una nueva oleada de ataques sería impopular y podría mantener elevada la factura energética. Además, según el análisis recogido en la fuente, no está claro que mejorase los resultados militares. La opción también amenaza con reforzar la imagen de Trump como un presidente que no ha logrado cerrar la guerra pese a haber prometido hacerlo.
La segunda vía es negociar. Catar intenta desde el pasado fin de semana que Washington y Teherán acepten en Doha un borrador de acuerdo, aunque las exigencias iraníes siguen siendo elevadas. Entre las siete condiciones planteadas por Irán figuran el levantamiento de las sanciones petroleras y del bloqueo naval estadounidense sobre sus puertos.
A cambio, y siempre según la propuesta iraní, el estrecho de Ormuz podría reabrirse en un plazo de siete días si Estados Unidos acepta el pacto. Por esa ruta marítima transita habitualmente alrededor de una quinta parte del petróleo mundial. El riesgo para Washington es que Teherán interprete la derrota electoral de Trump como una muestra de debilidad y endurezca todavía más sus condiciones.
La tercera opción consiste en mantener una estrategia de “asfixia”: prolongar el bloqueo naval y las sanciones hasta que el deterioro termine debilitando al régimen iraní. El director de la CIA, John Ratcliffe, y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, respaldan esta posibilidad, aunque sus propios defensores asumen que podría tardar meses en producir resultados.
El petróleo anticipa una posible negociación
Los mercados parecen haber descontado, al menos inicialmente, la alternativa del acuerdo. El precio del petróleo cayó un 17% en tres días, aunque repuntó ligeramente después de conocerse los preparativos militares estadounidenses. La evolución de las cotizaciones refleja la incertidumbre sobre el estrecho de Ormuz y sobre la posibilidad de que el conflicto vuelva a intensificarse.
En Teherán, el resultado electoral se recibió como una victoria. Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, afirmó que su país había derrotado a Trump tanto en el terreno militar como en el político. Según diplomáticos y asesores del presidente estadounidense, ese tipo de celebraciones podría empujarle de nuevo hacia la opción militar.
Ali Vaez, subdirector para Oriente Próximo y el norte de África del International Crisis Group, advierte precisamente de ese riesgo. A su juicio, Irán podría confundir la debilidad política de Trump con una debilidad militar y asumir demasiados riesgos. La alternativa más prudente, sostiene, sería cerrar un acuerdo mientras Washington todavía esté dispuesto a negociar.
La presión electoral deja así a Trump atrapado entre una promesa de terminar la guerra y la necesidad de no parecer derrotado. Un exasesor del presidente declaró a Axios, bajo condición de anonimato, que esa imagen pesa especialmente en su decisión: perder las legislativas es una cosa; aparecer como un perdedor por partida doble, otra.











