Estados Unidos ha puesto una condición central para avanzar hacia el final de la guerra con Irán, que se prolonga desde hace siete meses: Teherán debe reducir de forma drástica su capacidad de enriquecimiento de uranio y demostrar con hechos que no busca fabricar un arma nuclear. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, considera insuficientes las promesas de limitar el programa en el futuro.
En una entrevista con Reuters, Vance cuestionó la necesidad de que Irán produzca combustible enriquecido al 60% si no pretende desarrollar un arma nuclear. Según el vicepresidente, la prueba más clara de esa intención sería que el país dejara de fabricar combustible altamente enriquecido y aceptara destruir o retirar sus reservas.
Washington exige medidas verificables
El uranio utilizado en un arma nuclear suele alcanzar un enriquecimiento de aproximadamente el 90%. Irán se encuentra por debajo de ese nivel, pero su enriquecimiento al 60% supera ampliamente el necesario para la mayoría de los usos civiles. Ese umbral es uno de los principales motivos por los que Estados Unidos, Israel y otros países occidentales cuestionan las declaraciones iraníes de que su programa tiene fines exclusivamente pacíficos.
Para la Administración del presidente Donald Trump, cualquier acuerdo debe incluir actuaciones concretas y no limitarse a compromisos de reducción futura. Vance resumió la posición de Washington al señalar que Estados Unidos no aceptará palabras en lugar de hechos. Todavía no está claro si un eventual pacto permitiría a Irán conservar cantidades menores de uranio con un nivel de enriquecimiento inferior.
Las conversaciones entre ambos países también están vinculadas al intento de reabrir por completo el estrecho de Ormuz, una ruta esencial para el comercio mundial de energía. Washington y Teherán han intercambiado propuestas durante las últimas semanas, pero Trump rechazó la última iniciativa iraní y advirtió de que las operaciones militares estadounidenses podrían intensificarse después de las elecciones de mitad de mandato.
El enriquecimiento, una línea roja para Teherán
Irán no parece dispuesto a aceptar la principal exigencia estadounidense. Un alto cargo iraní implicado en las conversaciones indirectas sostiene que el derecho a enriquecer uranio dentro del territorio nacional no es negociable. Según esta fuente, Estados Unidos e Irán ni siquiera han abordado todavía el programa nuclear porque Teherán reclama antes el cumplimiento de otras condiciones.
Eso no impediría, según el mismo responsable, discutir más adelante los detalles del programa y los niveles concretos de enriquecimiento. Las autoridades iraníes también han señalado que podrían estar dispuestas a diluir el uranio con mayor grado de enriquecimiento, aunque esa posibilidad no equivale a aceptar el fin de la capacidad de enriquecimiento que reclama Washington.
Irán niega desde hace años que esté intentando construir un arma nuclear. Estados Unidos y sus aliados consideran que el enriquecimiento al 60% constituye uno de los indicios que alimentan sus sospechas. La distancia entre ambas posiciones mantiene bloqueado el punto más delicado de las negociaciones.
La incertidumbre sobre el poder en Irán
Vance añadió otro obstáculo: Washington no tiene claro quién adopta actualmente las decisiones principales en Irán. Estados Unidos mantiene contactos con el presidente Masoud Pezeshkian y con el ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, pero el vicepresidente estadounidense puso en duda cuánto poder ejercen ambos dentro de la estructura política del país.
Según la versión de Washington, esa incertidumbre aumentó tras la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, en ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel al comienzo de la guerra. Teherán rechaza esa interpretación. Un portavoz de su Ministerio de Exteriores afirmó que los responsables estadounidenses saben con quién negocian y cómo funciona el proceso de decisión, y atribuyó la confusión a los mensajes contradictorios procedentes de Washington.
El conflicto también eleva la presión política dentro de Estados Unidos. Reuters calcula que la guerra cuesta unos 3.000 millones de dólares al mes y que el encarecimiento de la energía ha aumentado la tensión sobre Trump y los republicanos antes de las elecciones de mitad de mandato. Vance participa en los esfuerzos diplomáticos, aunque subraya que la dirección final corresponde al presidente. En junio contribuyó a alcanzar un acuerdo de paz provisional que duró poco tiempo.











