Bitcoin y el oro se han convertido en los dos grandes activos con peor rentabilidad entre las principales clases de activos en 2026. Hasta el 23 de octubre, el metal precioso acumulaba una caída aproximada del 7,5% desde el inicio del año, mientras que Bitcoin cedía cerca de un 7,3%, según datos compartidos en X por Charlie Bilello.
El dato resulta especialmente llamativo porque ambos activos suelen presentarse como coberturas frente a la inflación y la pérdida de poder adquisitivo de las monedas. Sin embargo, la respuesta de los bancos centrales al repunte de los precios está teniendo ahora más peso que esa consideración a largo plazo: unos tipos de interés elevados reducen el atractivo relativo de los activos que no generan rentas.
Bitcoin y oro, en los últimos puestos del año
Las caídas sitúan al oro y a Bitcoin en los dos últimos puestos de la clasificación de rentabilidad de las grandes clases de activos en lo que va de 2026. No es la primera ocasión en la que ambos terminan un año con pérdidas, pero, de acuerdo con los datos difundidos por Bilello, nunca antes habían ocupado simultáneamente las dos últimas posiciones.
En el caso del oro, el retroceso llega después de un 2025 excepcional. El precio del metal llegó a superar los 5.400 dólares por onza troy a comienzos de este año, pero posteriormente descendió hasta situarse en torno a los 4.000 dólares.
Bitcoin también se encuentra muy por debajo del máximo histórico registrado el año pasado, cuando superó los 125.000 dólares. En el momento al que se refiere la información, la mayor criptomoneda cotizaba alrededor de los 80.000 dólares, aproximadamente un 36% por debajo de aquel récord.
La presión de los tipos de interés
La aparente contradicción entre una inflación todavía elevada y la debilidad de estos activos se explica por el efecto de los tipos. Cuando el aumento de los precios lleva a los bancos centrales a mantener el precio del dinero en niveles altos o a plantear nuevas subidas, los bonos soberanos y los depósitos de ahorro ofrecen una remuneración más atractiva.
El oro no paga intereses y Bitcoin tampoco genera un rendimiento por sí mismo. Por eso, ambos pueden perder atractivo frente a alternativas que sí ofrecen ingresos mientras los tipos permanecen elevados. En este entorno, la inflación no impulsa directamente sus cotizaciones: primero refuerza la expectativa de una política monetaria restrictiva.
El oro afronta además la presión derivada de la fortaleza del dólar estadounidense. Como se negocia internacionalmente en esa moneda, una apreciación del dólar encarece su adquisición para los compradores que utilizan otras divisas.
Una tesis más favorable a largo plazo
El escenario puede cambiar si los bancos centrales comienzan a reducir los tipos y aumentan la liquidez del sistema financiero. La fuente señala que, en esas condiciones, los activos escasos suelen recuperar atractivo. Tanto el oro como Bitcoin se encuadran en esa lógica, aunque por razones distintas: el metal precioso por su función histórica como reserva de valor y Bitcoin por su oferta máxima de 21 millones de unidades.
La política económica también introduce un factor adicional. Con elevados niveles de deuda pública, unos tipos más bajos reducen el coste de los intereses para los gobiernos. Al mismo tiempo, la inflación disminuye gradualmente el valor real de las deudas fijadas en importes nominales.
Ahí se encuentra la paradoja de 2026: la misma inflación que, a largo plazo, puede reforzar el interés por activos diseñados para protegerse frente a la pérdida de valor del dinero está favoreciendo, a corto plazo, unos tipos elevados que presionan sus precios.











