La rentabilidad del bono del Tesoro estadounidense a 30 años alcanzó el miércoles el 5,72%, su nivel más alto desde 2002, mientras el Brent superó los 102 dólares por barril. La coincidencia entre el repunte de los rendimientos y el encarecimiento del petróleo ha reactivado el temor a una inflación más persistente y a que la Reserva Federal mantenga los tipos de interés elevados durante más tiempo.
La presión no se limita al mercado estadounidense. Las rentabilidades de la deuda soberana también subieron con fuerza en Europa. El bono británico a 30 años volvió a situarse en el 6%, mientras que el francés del mismo plazo aumentó en 14 puntos básicos.
El petróleo vuelve a condicionar las expectativas de tipos
El nuevo episodio de tensión tiene como principal catalizador el mercado energético. Según Bloomberg, los nuevos ataques iraníes contra el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz llevaron el Brent por encima de los 102 dólares por barril.
Un petróleo caro durante un periodo prolongado puede trasladarse a los costes de los hogares y las empresas, ya que la energía representa una parte relevante de sus gastos. Esa posibilidad complica el escenario para los bancos centrales: si la inflación vuelve a repuntar, la Reserva Federal podría verse obligada a prolongar el nivel actual de los tipos o incluso a valorar nuevas subidas.
El mercado de tipos ya refleja parte de ese riesgo. Las cotizaciones asignan una probabilidad del 24% a una subida de los tipos de la Reserva Federal este mes y descuentan una subida completa antes de que termine el año, según la información recogida en la fuente.
Evelyne Gomez-Liechti, estratega de multiactivos de Mizuho International, considera que los inversores se encuentran entre dos fuerzas contrapuestas: por un lado, unas rentabilidades de la deuda pública cada vez más atractivas; por otro, una crisis del petróleo que mantiene abierta la amenaza inflacionista.
La prima por plazo eleva la presión sobre los bonos
El encarecimiento de la energía no explica por sí solo la venta de bonos. Los inversores también están exigiendo una compensación mayor por prestar dinero al Gobierno estadounidense durante periodos muy largos. Esa compensación adicional se conoce como prima por plazo.
En el caso de la deuda estadounidense a 30 años, la prima por plazo alcanzó el martes su nivel más alto desde 2011, según datos de Bloomberg Economics. El movimiento refleja una mayor cautela sobre la evolución de los tipos, la inflación y la capacidad de los gobiernos para controlar sus déficits.
Ralf Preusser, estratega de tipos de interés de Bank of America, atribuye la oleada de ventas principalmente al reajuste de las expectativas sobre la política monetaria de los bancos centrales. A esa revisión se suma la preocupación por el aumento de los déficits públicos. Cuando los gobiernos necesitan emitir grandes cantidades de deuda, la mayor oferta de bonos puede llevar a los inversores a reclamar rentabilidades más elevadas para financiarla.
La combinación de déficits presupuestarios elevados, tensiones geopolíticas, energía más cara y la perspectiva de tipos oficiales altos durante más tiempo ha intensificado la presión sobre la deuda soberana en los últimos meses.
El impacto se extiende a otros activos
El movimiento de los bonos a largo plazo se produce después de que, a comienzos de esta semana, la rentabilidad del bono estadounidense a 10 años alcanzara el 5,342%. La del bono a 30 años llegó entonces al 5,683%, un máximo de 24 años hasta ese momento.
Unas rentabilidades más altas hacen que los bonos del Tesoro estadounidense resulten más atractivos para los inversores que buscan rendimiento en activos considerados relativamente seguros. Esa competencia puede favorecer salidas de capital de sectores valorados tradicionalmente por sus ingresos y dividendos, entre ellos el inmobiliario, las empresas de servicios públicos y las compañías de materias primas.
El mercado queda así condicionado por dos variables que se retroalimentan: el petróleo mantiene vivo el riesgo de inflación y la preocupación por los tipos, mientras que los déficits y la oferta de deuda aumentan la rentabilidad que los inversores exigen para mantener bonos a largo plazo.










