La próxima tensión financiera podría no originarse en los bancos, sino en la conexión cada vez más estrecha entre el crédito privado y las aseguradoras de vida. Una columna publicada en Financial Times por Patrick Jenkins advierte de que este modelo puede acumular riesgos difíciles de detectar y trasladar sus pérdidas, de forma gradual, a millones de asegurados.
El crédito privado ocupa el espacio dejado por los bancos
Desde la crisis financiera de 2008, los bancos operan bajo una regulación más exigente y han reducido parte de su actividad en los segmentos de crédito de mayor riesgo. Ese espacio ha sido ocupado por grupos de capital privado, que captan recursos de inversores institucionales y los destinan a préstamos para empresas.
Durante años, el esquema se consideró relativamente prudente porque la exposición recaía en mayor medida sobre inversores profesionales, como fondos de pensiones, fondos soberanos y fondos universitarios, y no directamente sobre los ahorradores particulares. Sin embargo, la estructura ha cambiado con la creciente integración entre los gestores de crédito privado y las compañías de seguros de vida.
La relación ofrece ventajas para ambas partes. Las firmas de crédito privado obtienen acceso a flujos estables procedentes de las primas de seguros, mientras que las aseguradoras pueden invertir en activos con una rentabilidad potencialmente superior a la de los bonos tradicionales. Entre las operaciones más conocidas figuran la compra de Athene por Apollo y la adquisición de Global Atlantic por KKR.
Tres riesgos en una relación cada vez más estrecha
El primer motivo de preocupación es la falta de experiencia reciente en un ciclo crediticio realmente severo. El crédito privado ha crecido durante un periodo en el que los impagos se mantuvieron relativamente contenidos. Pero las tensiones geopolíticas, una inflación persistente y el aumento de los tipos de interés podrían elevar las pérdidas asociadas a los préstamos, según el análisis citado.
El segundo riesgo tiene que ver con los conflictos de intereses. Cuando un mismo grupo controla al gestor de crédito privado y a la aseguradora, puede surgir el incentivo de dirigir una parte excesiva del dinero procedente de las pólizas hacia productos propios. La cuestión no es solo qué activos se compran, sino también si la concentración resultante encaja con el interés de los tomadores de seguros y de los beneficiarios de rentas vitalicias.
La tercera preocupación es la transparencia. El crédito privado suele encuadrarse dentro de la llamada banca en la sombra por la limitada disponibilidad de datos y la complejidad de sus estructuras. Además, el apalancamiento puede regresar al sistema bancario a través de canales que no siempre son visibles de forma inmediata. Esta opacidad dificulta valorar dónde se acumulan las pérdidas y cómo podrían propagarse.
Una crisis más lenta y menos visible
El escenario descrito por Jenkins no tendría necesariamente la forma de un colapso repentino como el de 2008. En aquella crisis, los gobiernos rescataron a entidades bancarias para proteger a los ahorradores y preservar el sistema de pagos. La combinación actual de crédito privado y seguros podría generar, en cambio, un deterioro prolongado.
Los préstamos fallidos podrían traducirse poco a poco en pérdidas para las aseguradoras y terminar afectando a las prestaciones de millones de asegurados durante décadas. El impacto sería menos espectacular que un pánico bancario, pero no por ello irrelevante desde el punto de vista social.
La advertencia central es que la distribución más amplia del riesgo no implica su desaparición. Si la innovación financiera desplaza la exposición desde los bancos hacia inversores institucionales y compañías de seguros, el coste potencial puede quedar repartido entre más actores y hacerse más difícil de identificar.










