Los mercados de crédito están enviando señales de tensión pese a que las bolsas cotizan cerca de máximos históricos. Una de las más visibles aparece en los credit default swaps (CDS) de varias compañías vinculadas al auge de la inteligencia artificial, cuyo coste ha aumentado en las últimas semanas.
Los CDS funcionan como un seguro frente al impago de una empresa. Cuando sus primas suben, el mercado está asignando un mayor riesgo a la solvencia del emisor. La columnista del Financial Times Gillian Tett ha puesto el foco en este movimiento y en la divergencia entre la calma de la renta variable y el comportamiento del crédito.
El crédito se distancia de la euforia bursátil
Las primas de los CDS de Nvidia, Broadcom y AMD han vuelto a ampliarse, según una publicación de Michael J. Kramer fechada el 8 de octubre de 2026. En algunos casos, esos diferenciales han superado sus máximos anteriores. La subida también se observa en compañías como Oracle, Meta, Microsoft, Google y SpaceX, todas ellas relacionadas, en distinto grado, con la inversión y el desarrollo de tecnologías de IA.
Un repunte de los CDS no implica por sí solo que el mercado anticipe un impago inmediato. Sí refleja, en cambio, una mayor preocupación por el riesgo financiero de las empresas. Tett recuerda que movimientos parecidos se produjeron antes de la crisis financiera de 2008, aunque no plantea que vaya a repetirse necesariamente aquel escenario.
La cuestión central es la distancia entre la percepción de las bolsas y la del mercado de deuda. Mientras las primeras mantienen una valoración elevada, los inversores en crédito parecen exigir una mayor compensación por asumir riesgo en algunas de las grandes apuestas tecnológicas.
Cinco preguntas sobre el ciclo de inversión en IA
La primera duda afecta a la capacidad de las empresas para convertir sus inversiones en beneficios. Los analistas calculan que el flujo de caja operativo de las grandes tecnológicas podría alcanzar los 2,4 billones de dólares en 2028. Sin embargo, si el resto de sectores crece a un ritmo mucho menor, surge la incógnita de quién absorberá todos esos servicios de inteligencia artificial. Una demanda inferior a la prevista dejaría esas estimaciones expuestas a una posible revisión.
La segunda cuestión es cómo se está financiando el gasto. En una primera etapa, las grandes tecnológicas recurrieron sobre todo a sus propios flujos de caja. Ahora la deuda tiene un peso creciente y los participantes del mercado señalan que las nuevas emisiones de deuda empresarial están alcanzando niveles históricos.
También preocupa la evolución de los rendimientos de los bonos. La rentabilidad del bono estadounidense a diez años ya ha superado el 5%. Al mismo tiempo, los inversores extranjeros compran proporcionalmente menos deuda pública de Estados Unidos. Ese cambio concede un papel mayor a los fondos de inversión libre en la formación de precios y puede elevar la volatilidad.
Petróleo, tipos y dependencia del gasto tecnológico
El petróleo añade otra fuente de presión. La guerra en torno a Irán ha disparado los precios de la energía y un nuevo encarecimiento podría alimentar la inflación. Si ocurriera, los rendimientos de los bonos podrían seguir subiendo, encareciendo la financiación para empresas y proyectos intensivos en capital.
La última pregunta se refiere al impacto macroeconómico de una eventual ralentización de la inversión en IA. Una parte relevante del crecimiento reciente de Estados Unidos está vinculada al gasto tecnológico y al comercio asociado a esta industria. Esos mismos factores han contribuido también al crecimiento del comercio mundial.
Tett no pronostica un desplome bursátil inmediato. Su advertencia se centra en otra cuestión: el mercado de crédito está acumulando señales que contrastan con la tranquilidad y la euforia de las bolsas. Esa divergencia, más que una predicción concreta, es el elemento que reclama atención.











