El suministro mundial de petróleo afronta una presión simultánea en tres puntos estratégicos de Oriente Medio: el estrecho de Ormuz opera muy por debajo de sus niveles habituales, el oleoducto East-West de Arabia Saudí permanece cerrado tras los últimos ataques y el tráfico por Bab el-Mandeb está cada vez más expuesto a nuevas interrupciones.
Las tres rutas concentran flujos de una magnitud difícil de reemplazar con rapidez. Las estimaciones citadas en la información de referencia apuntan a unos 15 millones de barriles diarios afectados por la alteración en Ormuz, cerca de cuatro millones vinculados al oleoducto saudí y hasta nueve millones potencialmente expuestos en Bab el-Mandeb. Las cifras no pueden sumarse de forma directa porque existen conexiones entre algunas de estas rutas, pero ilustran la dimensión del riesgo para el mercado energético.
Arabia Saudí pierde su principal alternativa a Ormuz
El último problema se sitúa en Arabia Saudí. El oleoducto East-West, que atraviesa el país desde los campos petrolíferos del este hasta el mar Rojo, quedó paralizado el viernes después de los ataques recientes. La infraestructura permite transportar crudo hacia la costa occidental y evitar por completo el estrecho de Ormuz.
Su importancia ha aumentado precisamente porque el conflicto con Irán ha alterado de forma severa el tráfico marítimo en Ormuz. En condiciones normales, una parte significativa del petróleo saudí se exporta a través de ese paso entre Irán y Omán. Con esa vía sometida a fuertes restricciones, el East-West funcionaba como una ruta alternativa para mantener el acceso al mercado internacional.
La interrupción pone bajo presión alrededor de cuatro millones de barriles diarios de exportaciones petroleras, según la estimación recogida en la fuente. El impacto no se limita, por tanto, a la parada de un oleoducto: Arabia Saudí pierde una de sus principales opciones para sortear una ruta marítima que ya está gravemente afectada.
Ormuz concentra la mayor disrupción
El estrecho de Ormuz sigue siendo el foco principal de la crisis. Antes de la guerra, por este corredor marítimo circulaba aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo cada día. Desde el inicio del conflicto, el volumen transportado se habría reducido hasta cerca del 20% de lo habitual.
La consecuencia estimada es una desaparición de unos 15 millones de barriles diarios de flujos petroleros. Esa cantidad no puede desviarse fácilmente hacia otras rutas. Arabia Saudí, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos dependen en gran medida de las exportaciones desde el golfo Pérsico y, por tanto, de la operativa en Ormuz.
El problema se agrava porque las capacidades alternativas son limitadas. La paralización del East-West reduce aún más el margen disponible para trasladar crudo al mar Rojo y compensar parcialmente las dificultades del estrecho.
Bab el-Mandeb añade un tercer frente
El riesgo no termina en Ormuz ni en la red de oleoductos saudíes. Bab el-Mandeb, situado entre Yemen y el Cuerno de África, constituye el acceso meridional al mar Rojo y es paso obligado para los buques que navegan desde esa zona hacia el océano Índico.
La ruta también resulta relevante para el petróleo exportado desde la costa occidental de Arabia Saudí. Según la estimación citada, una perturbación grave del tráfico podría afectar a flujos de hasta nueve millones de barriles diarios. No se ha producido un cierre total, pero la amenaza ha aumentado por la situación en Yemen y la actividad de los hutíes en torno a este corredor.
El consumo mundial ronda los 100 millones de barriles diarios. En ese contexto, la coincidencia de problemas en Ormuz, el East-West y Bab el-Mandeb deja expuesta una parte excepcionalmente grande del suministro. Además, una fracción del crudo que utiliza la infraestructura saudí tendría que atravesar posteriormente Bab el-Mandeb, por lo que existe solapamiento entre las cifras.
Aun con esa cautela, nuevas interrupciones podrían reducir todavía más la oferta disponible y ejercer presión alcista sobre el precio del crudo. El encarecimiento acabaría trasladándose a los carburantes, el transporte y la producción, con el consiguiente riesgo de alimentar la inflación mundial.











