Donald Trump anunció que Estados Unidos no lanzará, por ahora, un nuevo ataque contra Irán. El giro alivió de inmediato la presión sobre los mercados energéticos: el petróleo cayó casi un 2% en apenas 20 minutos. Sin embargo, el retroceso no ha disipado el riesgo geopolítico. El crudo todavía se mantiene cerca del máximo alcanzado durante la guerra y la posibilidad de una nueva ofensiva sigue abierta.
Una pausa que no equivale a una desescalada
La declaración del presidente estadounidense supone un cambio respecto a su posición de 48 horas antes, cuando afirmó que Washington quizá tendría que llevar a cabo otra operación contra Irán. Trump ya se había comprometido previamente a no atacar antes de las elecciones de mitad de mandato, aunque al día siguiente The Wall Street Journal informó de que las tropas estadounidenses se preparaban para nuevas acciones.
El anuncio de ayer frenó temporalmente la reacción de los mercados, pero no elimina la incertidumbre sobre los siguientes pasos de la Administración. Según altos cargos estadounidenses citados por The New York Times, Trump se inclina en conversaciones privadas por una nueva ofensiva. Entre los posibles objetivos estarían también infraestructuras energéticas, un escenario que elevaría el riesgo para el suministro y para los precios del petróleo.
El crudo sigue cerca del nivel máximo registrado durante la guerra. Esa situación mantiene las presiones inflacionistas y añade tensión a los mercados financieros, pese a la caída inicial provocada por el anuncio presidencial.
Washington teme una respuesta iraní
La calma, según el diario neoyorquino, pende de un hilo. En la Administración Trump ha aumentado la preocupación por la posibilidad de que Irán tenga avanzados sus planes para atacar a funcionarios estadounidenses, tanto en Oriente Próximo como dentro de Estados Unidos.
La dimensión concreta de esa amenaza es difícil de establecer porque la información de inteligencia permanece clasificada. Las ambiciones de Teherán suelen superar sus capacidades y, en ocasiones anteriores, recurrió a sicarios poco profesionales que fueron detenidos antes de causar daños. Aun así, los funcionarios estadounidenses consideran estas advertencias más graves que cualquier otra recibida desde el comienzo de la guerra, el 28 de febrero.
Dos funcionarios iraníes confirmaron a The New York Times que los diplomáticos estadounidenses también figuran entre los posibles objetivos. Uno de ellos pertenece a la Guardia Revolucionaria. La información apunta a un escenario de represalias que podría desarrollarse lejos del frente militar y ampliar la exposición de intereses estadounidenses en distintos puntos.
El calendario electoral añade presión
La política interna de ambos países complica todavía más la situación. Israel celebra elecciones mañana y, según el diario, el primer ministro Benjamin Netanyahu podría ordenar un último ataque incluso en caso de perder los comicios. En Estados Unidos, el compromiso de Trump de no atacar expira dentro de ocho días, coincidiendo con las elecciones del 3 de noviembre.
Mahdi Mohammadi, asesor del presidente del Parlamento iraní y del principal negociador, Mohammad Bagher Ghalibaf, sostuvo en redes sociales que Irán apuesta por una guerra asimétrica. Definió esa estrategia como una sucesión de acciones no convencionales contra los puntos débiles de un adversario militarmente superior.
Según Mohammadi, el conflicto ha entrado en una fase de operaciones sorpresa y Teherán no pretende librar una guerra convencional. La pausa anunciada por Trump queda así condicionada por las amenazas cruzadas, la agenda electoral y el temor a que un nuevo episodio contra Irán reactive de inmediato la tensión en el petróleo y en los mercados.











